Un espacio para hablar sobre las nuevas tecnologías que los periodistas pueden utilizar a fin de mejorar sus trabajos reportelires. Acá colgaremos herramientas y materiales que nos hagan más fácil la vida. El resto, es cosa suya.
¿Cómo convierto un PDF en imagen, jpge o fotografía?
Los PDF´s son archivos que en algún momento necesitamos crear o modificar. Hoy presento una aplicación que ha sido eleborada para facilitar el uso de dicho tipo de archivos. La primera de ellas contesta la pregunta que hago al inicio de este texto y otras más. La aplicación está online por lo que no hay necesidad de instalar un solo programa, solo se debe tener una conexión regular a internet. La misma funciona tan fácil como subir un archivo, y luego seguir los pasos que se indican en la página y ¡presto! Hemos convertido nuestro documento a un formato de imagen. Luego, se nos preguntará dónde guardar el archivo y, en el lugar designado, ahí será depositada nuestra conversión, en un archivo comprimido del tipo ZIP, por lo general. Habrá que descomprimirlo y extraer el archivo interior y listo. Tenemos un nuevo archivo a partir del PDF original, con muy buena resolución, tan grande que se puede estirar y enconger a voluntad sin perder detalles de su creación.
Esta aplicacion, genérico convertidor, puede responder también a las preguntas:
¿Cómo convierto un PDF a Word? ¿Cómo convierto un PDF a Texto? ¿Cómo convierto un PDF a Html? ¿Cómo convierto un Texto a PDF?
Si quieren dar una probadita a este producto gratuito y sin las molestas suscripciones, visiten el siguiente link:
Inicio este espacio con una dedicatoria a mi netbook. La compré hace dos meses pensando en la versatilidad de su tamaño. Yo, de por sí, soy un fan de los aparatejos electrónicos pequeños y antes que esta mini laptop tuve una Palm que me resolvió la vida hasta el día en que fui víctima de un hurto en la casa de alguien, donde se celebraba una fiesta. En fin. Luego, vi en un escaparate de un negocio local una Asus y me gustó la forma miniatura que yacía tras el cristal. Luego fui a una tienda de implementos musicales y el dueño del establecimiento trabajaba -creo yo- en una toshiba mini y entendí el mensaje. Me compré una. Claro, antes hice una búsqueda a través de la web, revisando las opiniones que había los foros que hablan sobre tecnología y tras varias semanas de meditación me decidí por una Acer Espire One Safiro Azul. Dos periodistas amigos míos se compraron luego la suya y están contentos con ella.
Yo conseguí la mía en cerca de $350, incluida una memoria USB de 16 gigas y una funda protectora. Ha sido la mejor compra que he hecho hasta el día de hoy. Tengo depositada en esta maquinita programas de edición de audio y video, sin contar con los típicos procesadores de textos. Por cierto, la escritura en estas computadores es muy cómoda gracias a su teclado distribuido de la misma manera que en una máquina regular. La conectividad web es muy fácil gracias a su tarjeta wifi integrada. En el disco duro, además de la USB, tengo cerca de 160 gigas de capacidad. Si a esto se le agrega uno de estos aparatos de internet móvil, tenemos conectividad indefinida en todo tipo de lugares por muy alejados que estos parezcan de las antenas de retransmisión. Los invito a ver el siguiente video para que conozcan un poco más esta computadora.
También puede echar un ojo en estas otras minis, por si la mía no convence:
¿Por qué es esta una herramienta que yo recomiendo para los comunicadores y demás profesionales? Básicamente, por su movilidad. La mini Acer cabe en un bolso común y corriente y no despierta sospechas entre los amigos de lo ajeno. Digo, tampoco hay que ser... La batería de este aparato dura en promedio tres horas desconectada y contrario a lo que sucede con otras compus, el software no se atrofia con el unplug y no hay conflictos de ningún tipo. La máquina, desde que la compré, nunca se ha puesto lenta. Claro, no descuido las actualizaciones diarias del antivirus. Calienta un poquito, si pasa muchas horas conectada, pero eso se compensa si la desconectamos un rato. Y para aquellos que preguntan por el lector de discos, no tiene, así que alisten una USB. Al fin y al cabo, para allá vamos, los cds morirán de a poco y tendrán tanto uso como el cassette o el vinilo.
El Satánico Dr. Internet o "nunca más tendremos miedo a la web"
Un día Jesusito de la Virgen se levantó con ganas de llenar su cabeza de conocimientos informáticos. Su madre, Inocencia del Monte, tortillera de voz meláncólica y manos arrugadas de tanto desgranar maíz, le dijo que tenían que hacer cuentas para mandarlo a la escuela o a la milpa a espantar zopes. Ganó la escuela.
Ahí, en medio de las aulas, estaba Jesusito, varios años después, con los ojos sembrados en la pantalla de una computadora, alimentando su cabeza con fábulas de la web y sitios de animación pornográfica. Claro, llegar a este punto del vicio cibernético no fue gratuito. Primero hubo que sobreponerse al calvario de la ignorancia.
La primera vez que él niño se vio cara a cara con este demonio gris llamado PC, malgastó 10 colones viendo una pantalla tapizada de blanco y oyendo como una línea de teléfono intentaba conectarse a la web. Jesusito había llevado a su compadre de travesias y travesuras, el Judas, un secuaz a toda madre, dispuesto a dar la vida por sus panas en todo tipo de circunstancias.
Los bichos habían volado verga para conseguir los diez colones que costaba la media hora de uso de la computadora que serviría para navegar en el ciberespacio. Habían volado verga porque ya estaban hartos de que al viejo Don Pedro les negara, primero, la entrada al centro de informática de la escuela, por la que sus papás pagaban un módica cantidad de cincuenta colones mensuales. Se oye poco, pero cómo costaba conseguir ese pisto antes, cuando el dólar valía 8 colones con 75 centavos y el salario mínimo era todavía un poco decente. Lo segundo, era que el mismo Don Pedro, que les daba las clases de MS DOS, le escapaba a pegar cada vez que alguien encendía la computadora sin su autorización y hay de aquel que la tocaba, después de que se autorizara el encenderla. Todo estaba automatizado. Hasta el mismo rompecabezas que les ponían a resolver, usando el mause y el poderoso escritorio de trabajo del MS DOS, se les antojaba estresante a los dos compadritos. Es que todos en el aula debían tocar la computadora siguiendo sus instrucciones, dudando de todo cuando él lo dijera, aprendiendo por su cuenta solo si él lo permitía. Y claro, si algo se arruinaba, llamaban a los papás y las mamás a la oficina del director y les hablaban del terrorismo que sus hijos cometían en esta honorable institución del estado. Y, desde luego, los padres y las madres, inocentes, se tragaban el anzuelo, seguían sin conocer las ineficiencias de los educandos y castigaban a los inocentes. En este caso a Jesús y al Judas. En fin, en esas condiciones de terror infundido, ¿quién carajos iba a aprender?
Y ahí estaban nuestros dos héroes frente a la computadora IBM, del año 1995, una de las series más modernas de aquellos días, con su típico color caki. Habían pasado diez minutos y el bodrio ese no se conectaba. Solo se oía el típico tono de llamado telefónico. Al cibercafé, donde por cierto, nunca regalaban café, es más, no regalaban nada, así son los negocios... al cibercafé llegaba mucha gente: universitarios, profesionales, desocupados, etc. Este era un vicio al que apenas le estaba saliendo pelo en los genitales... Al menos en El Salvador.
Todos navegaban. Algunos volaban con los poderosos 128 kbs de transferencia entre la net y la computadora. Jesusito y el Judas querían de eso. Babeaban por estar adentro, pero no lograban conectarse. Al menos eso es lo que pensaban. Y volvían a darle “marcar para conectarse” al cuadro de diálogo de la red y nunca pasaban de la página en blanco. Tenían miedo de preguntar. Don Pedro fue el culpable de esa negativa que vivía encerrada en sus cabezas. Pasaron 25 minutos y al fin, uno de los dos hizo algo que antes no habían hecho y lograron entrar al motor de búsqueda Altavista, el más poderoso de esos días. ¡Qué chivo!, gritaron ambos al ver aquella cosa en la pantalla, que no era más que un logo y un espacio en blanco para meter algunas palabras. ¿Cuáles? Quién sabe, porque ellos no tenían puta idea... y así lo dejaron. Tras tres minutos de ver ese bendito logo y no saber qué hacer con él, la angustia volvía a ganarles espacio en el estómago. “Escribí algo. ¿Y qué escribo, pues? No sé. Yo menos. Puchica. ¿Y no te sabés alguna dirección? No. Si nunca he usado al internet... Fijemonos que hace la demás gente y tal vez adivinamos cómo se usa este volado. Yo veo que solo teclean palabras...”. Cuando al fin los dos mocosos se animaron a preguntarle a un joven que estaba ahí cerca, el dueño del cibercafé les dijo que se había acabado la media hora y que si iban a comprar la otra. Los dos cipotes sabían que hasta ahí había llegado la cosa y se fueron.
Después de eso, Jesús y el Judas se vieron un par de veces más y ninguno habló sobre lo que habían vivido y experimentado. Luego cada quién siguió su camino y al final a Jesús lo cambiaron de escuela.
Tras estos eventos, pasaron diez años de nuevos calvarios y el gasto de una fortuna que sirvió para sustento de decenas de cibercafés, pero Jesús avanzaba seguro, a paso lento eso sí, en su aprendizaje. Primero, abrió una cuenta de correo, luego conoció algunas direcciones de páginas web, luego aprendió a navegar con hipervínculos, después, bajó juegos, se compró una computadora usada, la arruinó, se volvió a comprar otra, la arruinó también, pero luego la arregló, después se hizo fan de los sitios de fútbol y de pornografía, después de compró quinimil teléfonos último modelo y dejó de ir al rentavideo, luego abrió su propio blog La Buta K y habló de cine y ahora es un hacker que trabaja de encubierto para el gobierno americano subiendo discos piratas al red. En el mundo real, trabaja como periodista, pero yo creo que solo es pantalla. El resto del tiempo libre lo ocupa para dormir y pagar cuentas. Más ahora que se ha comprado una Palm y eso que no ha visto las últimas minilaptops. Al Judas dicen que lo encontraron colgado de un palo, allá por la Santa Marta. Bajo el cuerpo, que se columpiaba según los ánimos del viento, habían treinta monedas que le habían pagado por un trabajito para Microsoft.